lunes, 27 de diciembre de 2010

Eclipse

Ese lunes María estaba recostada en su cama y necesitaba con urgencia recordar algún un momento feliz. Quería olvidarse de los estudios que se había tenido que hacer y de esa mancha oscura en su cabeza que según el medico avanzaba y que difícilmente podría detener. De golpe tuvo miedo de no acordarse de ningún momento feliz de su vida porque la mancha negra crecía y arrasaba con todos los recuerdos de su cabeza.
Mientras escuchaba “You Go To My Head” por Rod Stewart recordó cuando escucho ese tema con Esteban. Habían hecho el amor y se quedaron oyendo esa bella melodía, abrazados, desnudos, sintiendo la piel del otro, con sus piernas entrelazadas y destapados esa noche calurosa de enero. María recordó cuanto lo amaba, lo feliz que había sido con él por cinco años hasta que las ambiciones de ambos los distanciaron (aunque a veces dudaba si no fueron las ambiciones de ella misma). Había sido su mejor amante y también su mejor amigo, alguien en quien siempre pudo confiar y además de quien siempre recibía palabras esperanzadoras, que todo iba a estar bien. Realmente su presencia le haría muy bien ahora que se le presentaba lo más difícil de su vida a pesar que ya nada se podría evitar.
Ya había pasado un año de la última vez que lo había visto a Esteban, cuando Maria se fue de Entre Ríos para comenzar una nueva vida. Esteban la fue a despedir a la Terminal, a pesar que ya hacia un tiempo que habían terminado. Se habían dado un fuerte y último abrazo. Él fue lo más importante que tuvo y se preguntaba si ella había representado lo mismo para él, pero una de las lecciones mas importantes de su vida era que los hombres eran los mas difícil de descifrar.
Mientras miraba algunas viejas fotos con Esteban, encontró otras con su mejor amiga, Mariana. La extrañaba mucho. Pensó que tendría que haberla llamado, aunque sea para preguntarle como esta. Hacia 20 años que eran amigas, a pesar que durante en el ultimo tiempo la relación empezó a cambiar. Cada vez tenían menos en común, pero la comunicación seguía. Pensó que quizás ya no la volvería a ver.
No quería morir, todavía le quedaban muchas cosas por hacer. Todavía le costaba creer que iba a dejar de existir. Que no vería más a sus padres, sus amigos, a Esteban. Que no conocería París. Que no se casaría ni tendría hijos.
De repente entendió todo y sintió una angustia muy grande. Sus palpitaciones iban cada vez más fuerte, como si su corazón quisiera salir de su pecho. Empezó a temblar y un extraño escalofrío pasaba por su cuerpo. En ese instante entendió todo lo que iría a pasar. La lagrimas comenzaron a corres por su rostro con cada vez mas intensidad, al igual que su respiración. Pensaba todo lo que estaba por perder y su llanto se acrecentaba. Comenzó a gritar con violencia. Los gritos eran de desesperación, de terror a la incertidumbre que le producía saber iría a morir. Gritaba y se agarraba la cabeza, se revolcaba en su cama tratando de encontrar alguna salida. Algo o alguien que la rescate pero no había nada.
De a poco dejo de gritar. Su llanto iba cesando. Su respiración se normalizaba. Y así, con una extraña calma, cerro sus ojos y se durmió.
Se vio a si misma en un vestido blanco, en el medio de un campo, verde y hermoso. El sol brillaba con ímpetu. Maria miro a su alrededor y solo veía un descampado y un horizonte sin fin. Comenzó a correr, rápido, como queriendo llegar a algún lado. Corría y corría, sus piernas se movían con velocidad. Sentía cansancio pero no quería detenerse. De golpe la luz del sol comenzaba a apagarse, poco a poco. La oscuridad iba invadiendo y Maria empezó a asustarse. Corría cada vez menos, le faltaba el aliento. Dejo caer su cuerpo de rodillas y sentía el pasto frío en sus piernas. Se echo para atrás, rendida, esperando su destino.
El despertador sonó. Maria estaba aturdida con ese ruido que le parecían miles de despertadores y campanas que sonaban juntos. El ruido iba disminuyendo y ella se iba despertando. Por un instante no se acordaba de quien era, de donde estaba. Se pregunto si ya estaría muerta, pero comprobó que no. De a poco se iba levantando. Su cabeza explotaba de dolor y sentía sus ojos hinchados de tanto llorar
Eran las 7 y media y ya se le hacia tarde para ir al trabajo. Decidió no ir, no quiso seguir perdiendo el tiempo. A su vida le quedaban pocos días y quería sentir libertad. Abrió su placard y saco un bolso. Le puso algo de ropa adentro, no mucha porque no quería cargar con nada pesado. Se vistió, se puso una remera sencilla, un jean y unas sandalias negras que estaban abandonadas en el fondo del placard. Cargó el bolso a su hombro. Pensó en llevar su celular pero se arrepintió y lo dejo sobre la cama. Hizo una última mirada a su departamento y se fue, sin cerrar con llave.
Bajo por el ascensor decidida como nunca antes. Llegó a planta baja subió a su auto y empezó a manejar sin rumbo. Ya no había lugar para llorar, eso también sería una perdida de tiempo. Su vida había sido eclipsada de la misma forma que lo fue el sol en su sueño y pensó en todo lo que vio, probo, sintió, amó, odió, desconfió, hizo, dijo, conoció y luchó. María estaba orgullosa de haberlo vivido.

2007

No hay comentarios:

Publicar un comentario